Por el sueño de un mejor futuro hipotecó su propia existencia. En condiciones óptimas, emigrar puede significar para una persona comenzar de cero, abrir una página en blanco en su historia vital. Pero para Claudia -nombre ficticio utilizado para este reportaje- no fue así. Ella intentó andar un nuevo camino con un pesado fardo a cuestas.
“Yo entré a Curazao con una deuda de 2 mil dólares”, cuenta esta mujer de 33 años, oriunda de Punto Fijo, estado Falcón. Ingresó a la isla en avión de forma legal el martes 4 de septiembre de 2018.
Lo había intentado sin suerte en 2016, cuando le prohibieron el acceso en el mismísimo Aeropuerto Internacional Hato de Willemstad. Sin embargo, en esta segunda ocasión lo logró, gracias a una amiga venezolana y a un curazoleño.

La propuesta le pareció conveniente. “Te pongo todo y tú trabajas para mí y me lo pagas aquí”, le ofrecieron a cambio de “financiarle” su viaje por 2 mil dólares. Para saldar el compromiso, tendría que laborar sin pausa durante un par de meses.
“La persona que me trajo a Curazao me pasaba recogiendo a las 5 de la tarde donde yo me alojaba, no podía salir a otro lugar. De la casa al trabajo por dos meses”.
La emplearían como mesera en un local nocturno. Tenía experiencia, pues en Venezuela desempeñó ese oficio y también laboró como cajera y vendedora en almacenes y zapaterías. “Nada más llegué a tercer año de bachillerato aprobado, no tengo una profesión”, explica.
Desagradable sorpresa
Apenas entró al establecimiento, le recordaron que debía “trabajar para comenzar a pagar la deuda”. De inmediato, atendió su primera mesa y se retiró tras servir la comanda. No obstante, el gerente le indicó que debía volver para sentarse con el cliente.
Sorprendida, se dirigió al individuo que “me estaba cuidando” en el local para exigirle una explicación.
“Ah, ¿es que tú no sabes a lo que vienes? Tú vienes a atender mesas y a sentarte con hombres, y tienes que beber para que te den tu propina. Esos tragos que vas a beber son tu sueldo”, le contestó el hombre que la vigilaba.
“No te obligan a acostarte con el cliente, pero tienes que sentarte con personas que no conoces, temiendo lo que pueda pasar en ese momento. Atravesé momentos muy desagradables, a mí me trajeron engañada. Yo no sabía lo que era una depresión hasta que emigré”, señala Claudia entre lágrimas.

El calvario se extendió por 22 días, hasta que un cliente de origen holandés apareció como caído del cielo para salvarla.
“Me vio agobiada, triste, llorando, yo no quería estar allí, me sentía engañada. Le conté mi situación y él me pagó mi deuda, me dijo sal, no puedes estar aquí, y me ayudó sin pedirme nada. Dios me mandó a ese señor”.
Cancelados los 2 mil dólares, Claudia pudo recuperar su libertad. Mas el destino le depararía otros grandes desafíos.
Pocas oportunidades para la mujer migrante
La emergencia humanitaria compleja padecida por Venezuela en la última década ha expulsado de su tierra a más de 7,9 millones de personas, según la Plataforma R4V.
Estiman que en Curazao y Aruba se encuentran 11,6 mil y 11,5 mil venezolanos, respectivamente.
Las cifras oficiales son mucho más bajas. El censo de Curazao registró 4.261 venezolanos, siendo la mayoría (2.358) mujeres.

Por su parte, el padrón de Aruba reportó 6.291 personas naturales de Venezuela, 55% del sexo femenino.
Jennifer Sifontes se instaló en Willemstad el 17 de diciembre de 2002, prácticamente en los albores del conflicto político en la República Bolivariana.
En agosto de 2014 participó en la fundación de Venex Curacao, organización no gubernamental (ONG) que principalmente brinda apoyo a los migrantes venezolanos en la isla.
La xenofobia es peor en femenino
“La xenofobia hacia la mujer es mayor”, asevera Sifontes. “Dicen que vienen a quitarle los maridos a las mujeres y, además, las tachan de ‘ficheras’, de dedicarse a la prostitución porque algunas trabajaban en locales nocturnos”, agrega.
Denuncia que los medios locales se han prestado para desplegar “una cacería de brujas” contra los migrantes.
La activista resalta que ha tratado con una gran cantidad de migrantes que son madres solteras. Igualmente, observa que para las damas es más difícil conseguir un oficio bien remunerado.
“Para el hombre es más fácil porque puede estar en la construcción”, compara.
La violencia también se ensaña de manera particular con las mujeres.
“Terminan con hombres que las maltratan. Hemos atendido casos de mujeres sin papeles a las que sus parejas mantenían en cautiverio, siendo víctimas de los peores abusos. Llegamos a socorrer a una mujer a la que habían quitado hasta las uñas”, grafica Sifontes, quien detalla que 70% de las personas que se acercan a Venex Curacao pidiendo ayuda son mujeres.
País estrés
Para tratar su psoriasis, a Karla -nombre ficticio para este reportaje- su médico le recetó emigrar. “¿Por qué no piensas en irte del país? Trata de ver quién te puede ayudar, tu calidad de vida debe mejorar, eres una mujer joven, pon de tu parte, habla con tu familia”, le prescribió la dermatóloga, preocupada por el avance de la enfermedad.
Educadora de profesión, esta mujer migrante de 50 años fungía como directora en una escuela bolivariana construida por la estatal Petróleos de Venezuela (Pdvsa) en su natal península de Paraguaná, estado Falcón.
Aunque el plantel había sido inaugurado apenas en 2013, ya estaba en ruinas. “No teníamos agua potable ni energía eléctrica, y los baños no funcionaban. Como el índice de delincuencia es bastante fuerte en esa zona, la misma comunidad desmanteló completamente la escuela. Solamente dejaron las paredes y el piso”, describe.
Los problemas no se limitaban a las fallas en los servicios y la inseguridad.
“Tú te ganas un puesto porque te graduaste, pero lamentablemente a la educación la han politizado demasiado. Aunque no estuviera de acuerdo, debía seguir los lineamientos y en los momentos electorales tenía que obligar al personal bajo mi supervisión a votar por el gobierno y hacer el 1×10”.
El gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) asigna a sus militantes la tarea de elaborar listas con los nombres de 10 votantes que deben contactar con el pretendido fin de garantizar que sufraguen a favor del oficialismo. El PSUV siempre ha negado que coaccione a los ciudadanos para torcerles su voluntad.
Las cosas no marchaban mejor en casa. La emergencia humanitaria compleja que sacudía a Venezuela, minaba su deteriorado estado de salud. Su médico llegó a pensar que había desarrollado lupus.
“Todo por el nivel de estrés en el que yo vivía, por tantas carencias, tantas cosas que faltaban”, comenta.
Atrapada
A grandes males, grandes remedios. El miércoles 11 de septiembre de 2019, Karla aterrizó en el Aeropuerto Internacional Reina Beatrix de Aruba.
¿Por qué voló a ese territorio del Caribe Neerlandés? Meses antes, su hijo -que tenía 19 años en esa época- se había trasladado legalmente a la isla por vía aérea con el apoyo de un amigo arubeño.
Allí laboró durante cuatro meses como chofer hasta que fue detenido y expulsado por las autoridades migratorias, debido a que estaba trabajando sin contar con los permisos legales.
Aprovechando la breve estancia en Oranjestad, la novia de su hijo -venezolana cuya madre reside en Aruba- se comunicó con la Cruz Roja local para pedirle ayuda.
La respuesta fue afirmativa, pero aclararon que solo podrían atender a Karla si se trasladaba a la isla.
Contando con el auxilio económico de sus allegados, adquirió un boleto aéreo y resolvió abandonar su país.
“Me examinaron en noviembre, me mandaron con psicólogos y comenzaron a aplicarme el tratamiento tópico, porque como estaba ilegal no me podían dar el biológico que era el que necesitaba”, precisa.
En enero de 2020 se sentía mejor. No obstante, un par de meses después, su vida y la de todos los habitantes del planeta daría un inesperado giro de 180 grados: irrumpía la pandemia del COVID-19. “Deciden cerrar todo y me quedé atrapada en la isla”, relata.
El respaldo de la Cruz Roja, que le suministraba alimentos y dinero para pagar el alquiler, así como la solidaridad de distintas fundaciones hicieron posible que capeara el temporal.
Largo camino
Tenía que buscar cómo sobrevivir. “Como todo migrante, nada fácil. Nadie te quiere contratar y quienes lo hacen te explotan. Te ponen a trabajar horas sin pagarte el mínimo y como desconoces las leyes, actúas con miedo, no te atreves a exigir nada y aceptas lo que te dan”.
Su primera experiencia fue como servicio en una casa de familia. Una jornada de 10 horas. “¡Sin descanso, porque me veían por las cámaras de la casa!”, acota. Al finalizar, caminaba hora y 15 minutos para retornar a su residencia.
“A veces mis jefes me pasaban por un lado con su vehículo y no se paraban para llevarme. No me consideraban una persona digna para subir a su auto, pero sí para prepararles la comida y cuidar a su hijo; para colmo, quedaron debiéndome dinero”.
Karla identifica los obstáculos que enfrentan las migrantes por su nacionalidad y género.
“Estigmatizan a las venezolanas acusándonos de venir a ‘robar maridos’. Luego, por ser mujeres nos encasillan en trabajos de limpieza, aunque la construcción paga más. Y en la mayoría de los casos, el hombre que trabaja en la calle, tiene una pareja que lo atiende en casa. En cambio, la mujer llega a casa a preparar comida, lavar y ocuparse de todo”.
De estar desprotegida a proteger a otros
Como voluntaria de HIAS Aruba -fundación de origen judío que atiende a inmigrantes-, conoce historias de mujeres migrantes que entablan relaciones con locales en busca de seguridad y estabilidad, y terminan inmersas en situaciones de violencia.
“Terminan siendo explotadas sexualmente, humilladas, casi encarceladas en sus casas porque el hombre les da casa y alimento. Es peor cuando tienen hijos de otros hombres, pues ellos también sufren el mismo maltrato verbal y físico”.
La barrera idiomática se constituye en otro escollo importante. «Soy profesora en educación integral y especialista en gestión comunitaria con un magister en gerencia educativa. Si hubiese tenido una lucecita que me dijera: Venezuela se volverá un desastre, todo el mundo tendrá que irse y lo principal es que hables inglés… He debido utilizar ese tiempo para estudiar inglés, el idioma te limita demasiado».
Rotos
La crisis rompió en pedazos la familia de Karla. De los cuatro hermanos, uno permanece en el país y los otros se reparten entre Chile, Curazao y Aruba.
El dolor más profundo se lo provoca la separación de sus hijos, de 25 y 22 años de edad, que siguen en el estado Falcón.
Si el COVID-19 hizo que se sintiera “atrapada” en la isla, los hechos ocurridos después de la pandemia le pasaron doble llave a la puerta: por un lado, el Ejecutivo de Nicolás Maduro cerró la frontera con el Caribe Neerlandés, que se mantuvo sellada entre 2019 y 2023 en medio del enfrentamiento político entre Caracas y La Haya; por el otro, los gobiernos de Curazao y Aruba impusieron el requisito de la visa para frenar el flujo de venezolanos.
“Los requisitos para la visa son imposibles. Tengo que salir de la isla y ser migrante en otro país, mis hijos no pueden venir aquí y yo lo que quiero es estar con mis hijos. Tengo muchas amistades que se han tenido que ir de la isla por la presión del gobierno de Aruba, que no permite la reunificación familiar”. -Karla, mujer migrante.
En Curazao, Claudia atravesaba una angustia similar. «Yo no cuento con mis padres y mis hijos estaban con mi comadre, pero mi comadre ya no quería tenerlos y ellos tampoco querían continuar así porque los estaban tratando mal. Ante esa situación, me preguntaba: Si regreso a Venezuela, qué les voy a dar a mis hijos allá. ¡Dios mío, qué hago!».
Separados y atrapados
El miércoles 10 de julio de 2024, la Guardia Costera del Caribe Neerlandés informó que interceptó una embarcación que se dirigía a Curazao con 43 inmigrantes venezolanos, 37 adultos y seis menores de edad.
En ese grupo se encontraban los hijos de Claudia, una niña de 14 años y dos niños de 12 y siete. Compatriotas que habían entrado a la isla de forma ilegal le dieron los contactos para organizar el viaje.
“Mis hijos salieron de Coro -capital del estado Falcón-. Los buscaron en un sitio y les taparon la cara para que no vieran por donde los llevaban. Tuve que pagar 3 mil dólares por los tres. Cada niños salía en 800 dólares, pero había que aportar para viáticos y gasolina”, abunda en los detalles.

Sobreviviendo
Los niños emprendieron la travesía solos, sin ningún familiar que los cuidara. “Ellos no tienen ni cédula de identidad ni pasaporte. Hablé con mi hija mayor y le pregunté si podía hacerse cargo de sus hermanos y me respondió que sí. Si no era así, cómo hacía”.
Antes de poder abrazar a su madre, los niños estuvieron retenidos diez días en un albergue. “Mis hijos quedaron con un trauma psicológico”, admite entre lágrimas. Ella está bajo investigación y tiene que presentarse todos los miércoles ante las autoridades.
En principio, le ordenaron que abandonara la isla en un mes. “¿Cómo hago para comprar cinco pasajes?”, replica, pues incluye en la cuenta a un niño de 4 años que dio a luz en Curazao y que tiene condición de autista.
Mientras tanto, sigue trabajando dos o tres días a la semana limpiando casas y yates, y cargando bloques como ayudante en obras de construcción para sobrevivir.
“Una compañera me ayuda, pero no tengo familia. Mi familia son mis hijos. No he podido enviar nada a Venezuela, me endeudé para traer a mis hijos y lo que trabajo es para pagar la deuda y medio comer. Ha sido dura la experiencia porque estoy sola”, concluye.
Rosario Coromoto Piña: “Me refugié en la iglesia y mis nietos para seguir adelante”

Ahora, la cara de Rosario Coromoto Piña tiene otro semblante. Muestra tranquilidad y serenidad; a veces hasta sonríe. Hace seis años que vive con una pregunta, si su hija está viva; y una certeza, la de que su hijo murió.
Ambos tomaron un viaje clandestino el 9 de enero de 2018 desde San José de la Costa, en el estado Falcón, para ingresar ilegalmente a la isla de Curazao.

El cuerpo de Danny José Sánchez Piña de 33 años, fue uno de los seis que se recuperaron en la isla cuando la lancha “Rauda” zozobró.
De su hija, Joselín Natali Piña, de 22 años, no hubo rastros.
Han pasado siete años desde que “Coro”, como es conocida en La Vela, principal localidad del municipio Colina, enterró a su hijo, mientras vive con la duda de qué le pasó a su hija.
“Hoy estoy más tranquila, más serena, me he entregado a Dios para aceptar lo que pasó y no puedo cambiar. En la iglesia he encontrado la paz que no tenía desde que mis hijos decidieron hacer ese viaje”.
“Coro” tiene actualmente 59 años y, en enero de 2025, se cumplió un septenio de la desaparición de dos de sus siete hijos.
Desde entonces, ha tenido que ser la madre sustituta de los hijos de Joselín, quienes para el momento de la tragedia tenían 7 y 2 años.
“Mis nietos han sido mi motor para seguir en esta vida, son todo para mí. Ya tienen 13 y 8 años. Se quedaron conmigo, bueno, su mamá los dejó conmigo. Ella se fue y me decía que iría a hacer dinero para mandarle a sus hijos todo lo que necesitaban. Es madre soltera y le tocó luchar por sus hijos», comenta entre lágrimas, y con el tono de quien cree que su hija puede estar viva.
Un dolor que le borró algunos recuerdos
Coro no recuerda bien lo que sucedió en los días siguientes al naufragio, del que se enteró por un vecino. Cree que la desesperación por sus hijos la llevó a olvidar muchas cosas, sentía que su cuerpo estaba fuera de su mente por un dolor que define como «desgarrador».
“Han cambiado muchas cosas desde entonces. Poco a poco me he ido recuperando, recuperando mi mente. Lo hago por mis nietos, que me necesitan. Son ahora mis hijos, mi vida”.

Después del accidente, mucha gente visitó su casa, pero de esos días no guarda muchos detalles en su mente.
Lo que no olvida es el momento en que le tocó velar y enterrar a su hijo, padre de dos niñas que se fue a buscar trabajo a Curazao para darles una casa y mejor calidad de vida.
“Todos estábamos pasando trabajo. Sí se almorzaba, no se cenaba. Pasábamos hambre y mucha necesidad”, relata.
Luego de enterrar a su hijo en La Vela, le quedó la incertidumbre de lo que pudo pasar con Joselín. Entre los cuerpos hallados, e incluso algunas partes humanas, nada concuerda con el ADN de su hija.
“Yo no sé si está viva. Pero si lo está, estoy segura de que no está bien. Mi hija jamás pasaría tanto tiempo sin comunicarse conmigo ni con sus hijos, he pensado que puede estar en algún lugar con la mente golpeada, no lo sé. Solo Dios sabe y estoy aprendiendo a vivir con ese dolor”, confiesa.
Ayudas internacionales
Coro jamás pensó tener ayuda de gente que ni sabía que existía, como es el caso de la Cruz Roja. Gracias a esta organización, tanto ella como sus nietos han recibido apoyo emocional y psicológico.
«Agradezco enormemente que no nos hayan dejado solos. Su apoyo ha sido tan grande que nos ha ayudado mucho. Pese a eso veo a mi nieto mayor muy callado, él sí recuerda a su madre, estaba más grande. Creo que ha sido más fácil para el más pequeño. Me da tanta tristeza que crezcan sin su madre, porque no se merecían eso. Mi hija solo buscaba trabajo y un mejor futuro para sus hijos».

Coro dibuja a Joselín con una sonrisa, pues su hija para ella fue una joven «echada para adelante».
De adolescente fue triatlonista, al graduarse de bachiller se trasladó a otro estado en busca de aventuras, allá se enamoró y tuvo sus dos hijos.
Regresó a La Vela y comenzó a trabajar en los restaurantes, pero no le alcanzaba ni para tener las tres comidas todos los días.
“Tuvo un fracaso con su esposo y se quedó soltera con sus dos hijos. Mi hija es una mujer trabajadora, llena de metas y sueños, quería comprarle una casa a sus hijos y por eso se fue. Yo no la siento muerta, solo espero que Dios me quite la duda antes de que me quite la vida”.
Un regreso fatídico
Los hermanos ya habían estado en Curazao. Fueron deportados en 2017 por permanecer ilegalmente en la isla por un año. Ambos trabajaban en lo que les salía, y mandaban dinero a su familias para los gastos del hogar.
Al poco tiempo de ser deportados consiguieron el viaje clandestino. Pagaron 300 dólares que Joselín había guardado, y se sumaron al viaje su hermano Danny José y el marido de una de sus hermanas, David Jesús Pérez Vallenilla, de tan solo 18 años.
“Ellos decidieron viajar así porque a Joselín ya se le había vencido el pasaporte y Danny nunca lo pudo sacar porque el Saime (Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería) no daba citas, todo era un problema para tener el pasaporte”, señala Coro.

Cinco días antes del accidente, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, suspendió las conexiones con Aruba, Bonaire y Curazao (ABC), tras denunciar el desvalijamiento de la infraestructura de servicios públicos en el estado Falcón para ser vendida como chatarra en las islas. Las autoridades denominan este ilícito «contrabando de material estratégico».
Para el momento del accidente, el gobernador de Falcón, Víctor Clark, se encontraba en Aruba, justamente tratando el tema del presunto desvalijamiento de servicios públicos. A través de sus redes sociales, Clark informó que se decretaban tres días de duelo por el naufragio de la lancha en la que viajaban Joselín, Danny y David.
Los seis desaparecidos de «La Rauda»
El naufragio de la embarcación “Rauda”, que llevaba 33 venezolanos identificados por sus familiares dejó seis desaparecidos, cinco de ellos identificados en los cuerpos hallados en la isla, entre ellos el del hijo y yerno de Coro; pero Joselín sigue desaparecida. El resto logró nadar a la orilla y entrar en la isla.
“Ellos no tenían fuentes de trabajo para mantener a sus familias. La solución era buscar trabajo en otros lugares. Le pido mucha resignación a Dios, porque esto no es fácil”, expresa Coro.
Rosario Coromoto Piña trata de vivir con los buenos recuerdos y está en proceso de obtener la patria potestad de sus dos nietos, porque el papá de uno de ellos se lo quiere llevar a Colombia.
«Mis nietos son mi vida. Es una promesa que le hice a Joselín y no la pienso dejar. El papá del mayor se lo quiere llevar a Colombia, pero yo lo cuido bien y él se siente bien conmigo. Han pasado siete años de ese accidente y del gobierno no recibimos ayuda, menos de la Alcaldía de Colina. Gracias a la Cruz Roja hemos tenido apoyo y ellos me están ayudando para tener la custodia de los niños, espero que eso salga pronto para estar más tranquila».
Cuatro hijos de Coro están fuera del país. Sólo le queda una hija en Venezuela, que vive cerca de su casa y es con la que comparte su amor por la iglesia.
Su casa sigue estando al pie de una montaña en La Vela, junto a una gruta de la Virgen de Guadalupe. Sus hijos la han ayudado para mantenerla y ponerla más bonita. La han pintado y le han regalado enseres para mejorar su calidad de vida.

Coro lucha con la tristeza para transformarla en amor para sus nietos.